La moderación no es una virtud

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Se nos pretende convencer de que la virtud suprema en la acción política es la moderación. Todo tiene que venir de y llegar a la moderación. Es más, se ha convertido en un sinónimo de virtud. 

Que estamos ante el culto a la moderación, parece claro. Qué es la moderación, qué significa e implica, es mucho menos claro y es, sobre todo, un debate sospechosamente evitado. Tanto por aquellos que la exigen como por aquellos que se consideran maestros en su ejercicio.

A toda virtud se contrapone un vicio, el pecado a evitar. Para ser más precisos dos, lo que peca por exceso y lo que peca por defecto. En el caso de la moderación se señala como mal contrario al extremismo. Lo extremo es lo malo, aquello que hay que condenar y combatir, incluso desterrar. Cuando se quiere quitar legitimidad a medidas, discursos, personas y argumentos, basta calificarlos de extremos y no se necesita más. No hay debate, no hay argumentos, no se discurre. Etiqueta de extremismo y tema prohibido. 

Lo curioso es que la gente acepta el término, la condena y se suma a la inquisición e incluso se autocensura si sospecha que está teniendo «pensamientos extremistas». Ahora bien, qué significa extremismo, qué significa moderación, no se define. La gente simplemente percibe qué es, una cosa u otra, según el tema. Antes, en un debate político, uno decía que determinada posición era o bien de derechas o de izquierdas o liberal. Ahora desaparece esa categoría para reducirse a dos conceptos tan difusos y vacíos de significado como moderación y extremismo. ¿Será que alguna de las partes no le conviene la categoría anterior porque no tiene argumentos válidos, asidos en la realidad para defender sus posiciones?

Diseccionando la virtud

Hay dos cuestiones claves en la aproximación a la moderación.  La primera es esencial y se remonta a la definición de lo que es una virtud. Para ello, nos basamos en el clásico sentido aristotélico. Especialmente, en las virtudes prácticas, campo en el que se mueve la política. Toda virtud práctica o moral tiene por materia pasiones y acciones, que pueden manifestarse en exceso y con defecto o en su término medio. Un acto humano se puede malograr en su bondad, tanto por exceso como por defecto, con lo que el espacio natural del acto virtuoso es el término medio entre uno y otro. Ese término medio lleva el nombre de la virtud: templanza, justicia, valentía. Un punto muy importante a considerar es que el término medio no es un punto exacto, no es de la cosa, sino que depende de nosotros, de las circunstancias, de la causa.  Es una medida. Implica que la acción elegida libre y conscientemente sea ajustada a las causas, las personas, el contexto y las formas adecuadas. La virtud implica medir bien. Y, por lo tanto, ante diferentes situaciones, causas, personas, el mismo acto o decisión puede ser virtuoso y bien medido, y en otras vicioso y malo. La virtud es medio, pero desde el punto de vista de la perfección, es extremo pues es el punto más cercano a ella.

Es más, un punto que cobra especial interés conforme a lo que estamos viviendo, hay pasiones y acciones (materia de las virtudes) que no admiten una posición intermedia, por ser ruines en sí mismas. Y como tal, exigen una condena sin moderación. 

Sin embargo, los sacerdotes  de la moderación, y por consiguiente, inquisidores del extremismo, parten de una base muy distinta a la que describimos. Los fundamentos de su moderación, intencionalmente difusos, no se definen aunque se pueden entrever. Moderado es la palabra que utilizan para anteponer a los extremistas, los ultras, los radicales. El extremismo supone, según sus alegaciones,  irracionalismo, odio, fanatismo, incitación a la violencia. El mal. La verdad es que tanto moderación como extremo no son necesariamente ni buenos ni malos per se. Dependen, uno y otro, del objeto/situación/tema con el que se los relacione. Son el grado de algo, nada más. La moderación es tan buena o mala como un metro, un kilo, pertenecen a esa categoría conceptual. Miden las cosas. Y la bondad o maldad depende más bien del tema, contexto y acciones involucrados. Una verdad moderada, difícilmente sea verdad. La justicia “moderada”, no puede ser justa. Dicho esto, podemos concluir que exigir a alguien que sea moderado no quiere decir nada,  o mejor aún, no quiere decir que se le exija la bondad o la prudencia o la justicia. Necesariamente hay otra intención.

Y esto enlaza con la segunda cuestión, que se centra en el objeto del culto de la moderación. Curiosamente, ser moderado no implica haber encontrado el término medio y justo en cada situación, después de discurrir;  ser moderado implica simplemente aceptar la medida que en cada tema y situación imponen los sacerdotes. Disentir, es caer en el extremismo. No importa si el disenso, se basa en argumentos válidos, en datos, en hechos, en realidades. 

Y así tenemos, que hay temas, personas, partidos y posiciones que son per se moderados, sin que importe ni pese lo que propongan, hagan o digan. Bildu es moderado, Vox es extremo, disentir con el gobierno es extremo, acordar es moderado (en cualquier cuestión, en todo momento), bajar impuestos es de extremismos, apoyar la suba indiscriminada de ellos es moderación, defender el español es extremismo, imponer el catalán es moderación, consensuar (sin importar si están en juego principios o valores que debieran ser irrenunciables, por ejemplo el Estado de Derecho) es de moderados, los que deciden por principios no consensuar y defender legítimamente sus principios y valores, son extremistas. Hemos llegado al extremo, de tener que escuchar que la defensa de la Constitución y el exigir que se castigue al que la vulnera, es de extremistas. Algo que también llama poderosamente la atención, es que si aceptamos que la moderación es una virtud y el extremismo el vicio por exceso, cuál es el vicio por defecto. Nunca se define a una posición, a un político, o a argumentos como defectuosos por su exceso de moderación. No existe un nombre para eso. No interesa. Lo que llaman moderación podría asimilarse, dependiendo los casos, a la prudencia, a la valentía, a la templanza. Las virtudes reales, no su medida.


Si no es una virtud qué es

Todo esto, nos lleva a pensar que la moderación se parece peligrosamente a la imposición del pensamiento único. Implica y busca la demolición no solo del debate político, sino de la libertad de expresión. La moderación se convierte en la negación al derecho de disentir, la negación de la libertad de juzgar cuál es el término medio, virtuoso en cada situación y tema.

Entronar esta moderación, que nada tiene que ver con una virtud, es vaciar de todo contenido la política para instaurar una jaula en la que el espacio para debatir y proponer está totalmente acotado y limitado. Hay temas, personas y pensamientos prohibidos, indiscutibles. Esta moderación, presentada bajo un manto de moralidad, no es más que un intento descarado por conseguir una conformidad, muy cercana a la sumisión, voluntaria al poder. Aunque no solo al poder, sino a la izquierda y sus postulados. Siguiendo la estela de su desvarío conceptual ya histórico, podría ser el «escudo antiextremismo». Como el muro de Berlín, que protegía de los nazis, como la invasión de Ucrania es la guerra justa para desnazificar el país. Nada nuevo bajo el sol.

Los monjes que señalan a los extremistas vienen de la izquierda, pero no están solos en el juego. Al campo ha saltado entusiasmada parte de la derecha, que se cree que está jugando su partido, cuando el árbitro está comprado, las reglas las pone el dueño del balón y ganar es una quimera. No hay reflexión.

Moderado, en definitiva,  es el que no crea problemas, se acomoda a lo que se le presenta, no se queja y acepta con docilidad incluso lo que va a significar su ruina económica y moral. Uno más en el engranaje. El coraje, la toma de una posición, medida y ajusta a valores, principios y realidad; es extremismo. 

La inconveniente realidad que los monjes tendrán que aprender a aceptar, es que hay cada vez más gente que si antes era indiferente, ahora mismo se siente más extremista que moderada. Personas que saben cómo medir en cada caso, y se niega a la jaula de la moderación.

Lo contrario de la valentía no es la cobardía, sino la conformidad. Anthony Robert.